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Pasarlas putas en Nigeria

Pasarlas putas en Nigeria

Charly Sinewan

Difícilmente consigo avanzar unos metros en las colapsadas calles de Lagos, ciudad súperpoblada y peligrosa. No tengo pasta ni gasolina, y no encuentro un puñetero hotel donde sentirme a salvo. El sol cae y los tonos de la tarde embellecen, pero mi destino cada vez parece más feo...

Este relato es continuación de otro anterior: Atrapado en la frontera


Pasan los minutos y el gendarme al cargo ni me mira. Sigue ahí, poniendo estampas a cambio de pequeños sobornos que suman y suman. Los africanos pobres son los más perjudicados, un par de euros para ellos, que es lo que me parece que están pagando por pasar, puede ser un día entero de trabajo. Tampoco me apiado de ellos, sé por experiencia que la gran mayoría daría la vuelta a la mano si la vida le pusiera dentro de la caseta. Es el dinero y  la condición humana lo que provoca esto.

Sigo sudando y erguido. Pasa otra media hora y milagrosamente la fila se vacía. El policía al cargo intenta evitarme pero me acerco aun más, cojo mis papeles que reposan en su mesa, se los muestro, y le pido que por favor me deje pasar, que el tiempo corre en mi contra y no tengo dinero. No habla inglés, así que no parece entenderme.

Entra de nuevo el otro corrupto, el que sí que habla inglés. Comentan la jugada, se quedan callados, me miran, y aprovecho su silencio para comenzar de nuevo con la misma retahíla del peligro que corro si no encuentro a mi colega al otro lado. “Llámale” me dice, “no me funciona el teléfono”, contesto. Pasa otro largo y angustioso rato hasta que detecto que van a ceder, el que está al mando me parece que le está diciendo al otro que me deje seguir. No hablan en francés, lo hacen en una de las muchas lenguas africanas.

“¿Puedo irme?”, pregunto, “sí”, asiente despectivo el poli mientras se remanga la camisa mostrando su muñeca. Quiere mi reloj, pero nunca uso ni se me ocurriría cruzar una frontera con uno puesto. Me empieza a cachear disimuladamente, finge sentirse atraído por las protecciones de la chaqueta pero busca toparse con algún objeto que calme sus corrupta voracidad. No encuentra nada, así que me quita el casco. Comienza a acariciarlo dándolo vueltas sobre sí mismo. Alarga la otra mano y coge un quita multas amarillo que reposa sobre una de las sillas roídas. Me insinúa risueño que me lo cambia, lo acompaño con la misma falsa sonrisa mientras alargo la mano, recupero mi casco, y salgo zumbando de la caseta en la que he pasado más de una hora. Arranco la moto y salgo echando leches de Benin, asqueado por lo sucedido pero triunfante por haber salido indemne del asunto.

Las he pasado un poco putas sí, pero no me refería a eso cuando puse título a este relato.

Esta frontera es la peor que he pasado en mi vida. A lo hosco del lugar, y al habitual tufo corrupto de siempre, se une el bullicio generado por un continuo tránsito de camiones, furgonetas, coches, y millones de motos que van de un lado a otro. Todo sobre dos anchas pistas de barro y charcos, una que entra y otra que sale. A ambos lados de éstas, decenas de casetas de policía, ejército, puestos de control de vacunación y pequeños andrajosos comercios que venden de todo. A los nigerianos los iré conociendo después, pero la primera impresión es mala, son agresivos en las formas y en el tono. Acojonan, los muchos buscavidas que se me acercan me parecen imposibles de intimidar con mi habitual desprecio.

La poli sin embargo me trata medianamente bien. No tardo mucho en hacer los trámites y no suelto un solo dólar por entrar, bastante he pagado por el visado, le explico al único policía que me pide pasta. Sello el carné de passage, coloco todo de nuevo en la moto, y me uno a la infinita fila de motos que cual hormigas en pos de su hormiguero, entran en Nigeria.

Dos nuevos parones me disparan las pulsaciones una vez más. Unos tipos alzan la mano y me dan el alto,  si no me detengo dejan caer unos palos con pinchos y el vehículo pincha al pasar. No llevan uniforme, son igualmente agresivos y me piden el pasaporte, algo que temo soltar porque sé lo que supone que un buscavidas tome el control.

Pero no lo son, deben ser agentes de aduanas. Después sabré que el gobierno de Nigeria se protege de la importación ilegal de productos provenientes de Benin. Eso hace que la frontera sea el caos que es. Por eso las motos sí pasan rápido, la mía no porque quieren comprobar que soy un turista y que no llevo las maletas llenas de baratijas que vender en su país.

Tras varias horas de infierno fronterizo entro en Nigeria con unas tres horas de margen de luz. Las he pasado un poco putas sí, pero tampoco me refería eso cuando puse título a este relato.

Ni bebo, ni como, ni hago fotos, ni apenas miro el paisaje, que por otro lado es parecido al anterior. Paradisiaco lugar tropical frente a la costa, jodido por la mano del hombre y su capacidad de generar mierda y humo negro.

Llego a Badagri a los pocos minutos. Miro los aledaños de la vía principal en busca de una Suzuki de gran cilindrada, única referencia que tengo de Mohamed, pero ni rastro de él, llevo tres horas de retraso. Sin detener la moto pienso en la posibilidad de parar, buscar un cajero, sacar pasta, y conseguir que alguien me deje un teléfono para llamar. No lo hago, el ambiente no me gusta y soy un blanco perfecto en una ciudad a escasos kilómetros de una frontera. Decido ir a Lagos, buscar un hotel antes de que anochezca y llamar desde allí a Mohamed para intentar quedar al día siguiente. Quizá tengo demasiada información negativa en la cabeza y estoy exagerando, pero hasta la fecha me ha ido bien haciendo caso a mi instinto. Éste me dice que corra a Lagos, que cuanto antes esté en un hotel, mejor.

 

Lagos

Tardo una hora en llegar al extrarradio de Lagos, el tráfico se amontona a lo ancho de la calzada y empiezo a serpentear con dificultades. Miro el CompeGPS, no tengo un buen mapa de la ciudad, sólo veo varias autopistas que la rodean y la península donde entiendo que está el meollo del asunto, pero descarto entrar ahí. Me acuerdo del día que entré en Teherán. Todo es similar, llegué con el mismo margen de tiempo y terminé de noche buscando hotel. Aquella fue la primera de las escasas malas experiencia en mis viajes, terminé huyendo de un policía de paisano a cien kilómetros por hora. No quiero sustos, así que decido meterme por una radial en busca de un hotel a las afueras.

Todo está bloqueado, paso minutos obstruido  en los que todo el mundo me observa entre polvo, humo negro y millones de coches bloqueados que pitan una y otra vez . Tengo el casco cerrado y la visera ahumada bajada, intento ser lo más parecido posible a un negro rico, pero demasiadas cosas me delatan. No miro a nadie, sólo intento avanzar por una autopista que rodea la ciudad. Llevo rato con la reserva encendida, el consumo se dispara en ciudad y quedarme sin gasolina sería un suicidio. Necesito urgentemente un cajero.

Veo un banco protegido por una verja y custodiado por un guardia de seguridad, tengo que salir de la autopista, hacer una pirula y circular varios metros en dirección prohibida hasta llegar a la entrada. Todo esto es habitual aquí, las normas son diferentes y circular en el sentido contrario no es motivo de sorpresa. El vigilante me abre la puerta y meto la moto dentro. Hay tres cajeros y más de veinte personas esperando. Aguardo la cola sin cruzar la mirada con nadie. Miro al sol y ha bajado considerablemente. Queda una hora escasa de luz.

Observo una atractiva joven nigeriana que entra en el recinto ladeando sus caderas. No puedo evitar mirarla, es una belleza y como cualquier mujer del planeta, lo sabe y lo potencia. Mira la moto, llega a la cola y me clava su sexy mirada.

-       Bonita moto!, - me dice dulce y seductora.

-       Gracias.

En cualquier otra circunstancia la habría piropeado, pero esta vez aprovecho para preguntarle en tono bajo, apartándola del resto, si conoce algún hotel cercano.

Estamos en una intersección entre dos autovías que se mezclan con lo urbano, por una de ellas, me dice, a unos kilómetros encontrarás uno.

Es la única referencia que tengo, así que largo rato después, con cien euros en Nairas Nigerianas en mi cartera, salgo zumbando del banco y enfilo la carretera indicada. Paro en la primera gasolinera, lleno el depósito por menos de ocho euros y sigo mi tosco camino, serpenteando a duras penas por el mismo continuo colapso.

El sudor me corre por la frente y una primera gota me atiza en un ojo. Después una segunda y así sucesivamente. Empiezo a no ver nada. El esfuerzo de maniobrar la moto entre el caos me está pasando factura, estoy cansado y la caída del sol empieza a embellecer la luz  a la vez que mi destino parece cada vez más feo.

Ni rastro del hotel, puede que me lo haya pasado, que no tuviese letrero o que no lo viera, o puede que aun no haya llegado. Lo cierto es que me alejo de la ciudad y el margen se estrecha.

En una de las muchas furgonetas de transporte de pasajeros, sobresale la cabeza de un tipo que observa el infinito con la mirada perdida. Me gusta su rostro, así que me paro a su lado, levanto el casco, y el buen hombre sale de su mundo sorprendido por una careto sudoroso y peludo que le sonríe.

-       Disculpe, ¿conoce algún hotel aquí cerca?

-       Te acabas de pasar uno, en el otro carril…

Bingo!, salgo disparado, cambio de sentido fugaz, acelero unos metros y me encuentro con un edifico de dos plantas protegido del exterior por un muro de más de dos metros y alambrada de pinchos en su parte superior. Accedo por la entrada de vehículos y paro en seco. Todo el mundo se congela al verme llegar.

La cosa no está nada clara. Es un edifico en obras, con una entrada principal soportada por dos columnas romanas de mármol. No está acabado, pero pronto será un magnífico, hortera y ostentoso hotel. Entre la fachada principal del edificio y el muro exterior hay un patio terraza, con cerca de cien mesas y quinientas sillas de plástico azul. Al final de ellas una pequeña estructura elevada unos centímetros con una mesa de mezclas y unos bafles enormes. Todo está preparado para un fiestón de narices, pero el hotel no está terminado.

Pregunto al primero que se me acerca y me manda bordear el edificio por uno de los laterales. Llego hasta el final, giro,  y encuentro otra pequeña construcción de una planta, separada de la grande por un pequeño patio en el que aparecen varios personajes alertados por el sonido de mi moto.

-       Hola, tenéis habitaciones?

-       Sí claro, bienvenido a Nigeria.

La tensión de las últimas horas se libera al sentirme seguro, bajo de la moto medio flotando, pido una botella de agua y bebo medio litro sin apenas mediar palabra. Cuatro muchachos con los ojos muy abiertos esperan intrigados que abra la boca y explique quién coño soy y qué carajos hago allí.

No soy miedoso, pero he estado a punto de conducir de noche en Lagos, la segunda ciudad más grande de África y en un país conflictivo sobre el papel. Completamente solo y con el reclamo que supone hacerlo sobre una ostentosa moto enorme.

Podría decir que las he pasado un poco putas, pero tampoco me refería a eso cuando puse título a este relato.

 

 

El hotel

El sitio es cutre, pero el muchacho que parece llevar las riendas del negocio viste un impoluto y elegante traje africano. No le doy ninguna importancia al asunto y me acompaña al interior del edificio, que resulta ser un largo pasillo con unas ocho habitaciones consecutivas. Nada más. Abre una de ellas y accedemos a un minúsculo habitáculo con cama de un metro veinte, una televisión, una pequeña mesilla de noche, una ventana que da a un angosto y oscuro patio interior, y otra puerta al fondo que da acceso al baño, con cubo y cazo.

-       Veinte dólares, - me dice –

-       Arreglado, -le digo-, como si me pides cien, -pienso-

Descargo la moto, meto todo en la habitación y salgo de nuevo al exterior, a descansar, mandar un mensaje por satélite a la familia y fumarme un cigarro que me sabe a victoria.

Varias chicas jóvenes han venido a verme, me miran, se ríen, cuchichean entre ellas y el encargado del hotel las espanta pidiéndoles que me dejen descansar, que acabo de llegar de viaje. No le doy mucha importancia al asunto. Me siento en una silla de plástico y mantengo una larga conversación con cuatro chavales. Empiezo a disfrutar Nigeria. Uno es el electricista de la obra, otro es el pintor, el menor de ellos es mozo de obra, y el elegante, el recepcionista del hotel. Pregunto por el dueño y me comentan que aún no ha llegado, pero es dueña, Madam Utitú, a la que dicen conoceré después. Tampoco le doy especial importancia a este dato.

Me despido de ellos y entro en la habitación a darme un merecida ducha a base de cazos de agua. No se ve un carajo en el interior de la habitación, las dos bombillas son azules y es imposible acertar a encontrar nada en las maletas. Salgo de nuevo, se lo digo al recepcionista y éste manda al electricista para que me cambie una de las bombillas. Empiezo a entender todo.

Media hora después, recién duchado, alguien golpea mi puerta. Abro y me encuentro sonriente al recepcionista, que respetuoso me pregunta si deseo conocer a una buena amiga suya que ha preguntado por el señor que ha llegado en la moto. “Encantado”, le digo. Salimos al exterior donde espera una muchacha de unos veinte años, rellenita, con vestido marrón ajustado y maquillada a conciencia. Nos presentamos, nos sentamos en las sillas de plástico, y comenzamos una mítica conversación.

Con todos los cabos hilados, e inmerso en tan surrealista situación, intento divertirme y lanzo alguna que otra pregunta cabrona.

-       Y tú, ¿a qué te dedicas?

-       Soy estudiante

Seguimos de charla vacía y de nuevo lanzo el hacha.

-       ¿Eres musulmana?

-       No, soy cristiana. ¿Y tú?

-       Yo no creo en dios, mi religión es la de intentar ser buena persona, creo en la buena gente que me encuentro en el camino.

-       Pero cómo no vas a creer, cómo sino has llegado hasta aquí vivo.

-       Supongo que con mucha suerte…

Se produce un incómodo silencio y la estudiante, cuyo nombre siento no recordar, me dice sensualmente.

-       ¿Quieres ir a la habitación?

-       Sí que quiero gracias, pero prefiero hacerlo solo.

-       ¿Por qué?

-       Porque estoy casado…

La muchacha queda decepcionada y yo no puedo evitar entrar en la habitación con una enorme sonrisa. El destino, el azar, el guionista del viaje o yo qué sé quién, me ha traído mi primera noche en Nigeria a una casa de citas, donde de haber dicho que sí, y con todo el respeto del mundo, me las habrían hecho pasar putas…

La noche sigue y horas después paso sin lugar a dudas el peor momento del viaje.

Fotografías por: Charly 18/04/2012
 

Comentarios

Comentarios (2)

  • FranHA FranHA Escrito el 18-04-2012

    Me encanta Charly, estoy deseando leer el siguiente! Un abrazo!

  • charlysin charlysin Escrito el 20-04-2012

    gracias fran, en unas horas sube...

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